Un sí que se hace vida
Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
Domingo XXVI del Tiempo Ordinario. Un sí que se hace vida
Mateo 21, 28-32
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero». Pero después se arrepintió y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?».
Contestaron:
«El primero».
Jesús les dijo:
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
Reflexión
El Evangelio de hoy nos presenta a dos hijos quienes de palabra y de obra responde de manera diferente a la petición de su padre: «Ve hoy a trabajar en la viña». Uno responde que no quiere ir, pero después se arrepiente y va; el otro responde inmediatamente: «Voy, señor», pero finalmente no va. Y Jesús nos coloca delante de una pregunta muy sencilla: «¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». La respuesta parece evidente, pero la parábola nos recuerda algo importante: Dios no mira solamente lo que decimos, sino hacia dónde está caminando nuestra vida. Podemos haber comenzado diciendo que no, podemos habernos equivocado, habernos alejado o haber tenido dificultades con la fe; pero un «no» no tiene por qué ser definitivo. Siempre existe la posibilidad de cambiar de camino, de arrepentirse y de convertir nuestro «no» en un «sí».
El segundo hijo representa una tentación mucho más sutil: la de decir las palabras correctas sin dejar que esas palabras transformen nuestra vida. Dice «sí», llama «señor» a su padre y aparentemente responde perfectamente, pero después no hace lo que se le ha pedido. Podemos caer también nosotros en una religiosidad de palabras, de buenas intenciones, de respuestas aprendidas, incluso de prácticas religiosas, pero sin que todo ello llegue a nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestra manera concreta de vivir. Hay un «sí» que pronunciamos con los labios y hay otro «sí» que construimos con la vida. Y Jesús nos invita a preguntarnos cuál de los dos estamos ofreciendo realmente al Padre.
Esto adquiere una importancia especial cuando pensamos en nuestra vida como comunidad cristiana. La comunidad del Reino no se construye solamente con personas que saben decir las palabras correctas. Se construye con personas que responden concretamente a la voluntad de Dios. No basta hablar de fraternidad si no somos capaces de perdonar; no basta hablar de misericordia si seguimos juzgando; no basta hablar de servicio si buscamos siempre nuestro reconocimiento; no basta decir que creemos en el Evangelio si nuestras decisiones cotidianas siguen otros criterios. La viña del Señor necesita personas dispuestas a entrar en ella y trabajar: personas que permitan que aquello que creen se convierta en gestos, decisiones y relaciones concretas.
Y aquí aparece también una palabra de esperanza. Jesús pone como ejemplo precisamente a quienes eran considerados pecadores y estaban lejos de la comunidad religiosa: publicanos y prostitutas. No porque su vida anterior fuera correcta, sino porque supieron cambiar cuando escucharon la llamada de Dios. Mientras algunos que se consideraban fieles permanecieron cerrados, aquellos que parecían estar más lejos fueron capaces de dar un paso hacia la conversión. Esto nos recuerda que nadie debería quedar encerrado para siempre en su pasado ni ser definido únicamente por sus errores. Quizá alguien que hoy dice «no» pueda mañana decir «sí» con toda su vida. Y quizá nosotros, que tantas veces hemos dicho «sí» a Dios, necesitemos preguntarnos si ese sí sigue siendo verdadero en nuestra manera concreta de vivir.
Por eso, al final, la pregunta del Evangelio no es simplemente si alguna vez hemos dicho «sí» a Dios solamnete de palabra, mas bién si nuestra vida está diciendo hoy «sí» a Dios. La fe no consiste solamente en saber responder correctamente, sino en entrar cada día en la viña y hacer aquello que el Padre nos pide. Y quizá tengamos también algún «no» que todavía necesita convertirse en «sí»: un perdón que debemos ofrecer, una actitud que necesitamos cambiar, un servicio que estamos evitando, una llamada de Dios que seguimos aplazando. Porque el Reino se hace visible cuando nuestras palabras y nuestra vida comienzan a decir lo mismo. Entonces nuestro «sí» deja de ser una declaración y se convierte verdaderamente en una forma de vivir.
Oración:
Señor Jesús, convierte nuestros «no» en un «sí» y haz que nuestra fe se traduzca en una vida coherente con tu Evangelio.Ayúdanos a entrar cada día en tu viña y a hacer con alegría tu voluntad. Amén.


