La confesión de fe
Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
Domingo XXI del Tiempo Ordinario. La confesión de fe
Mateo 16, 13-20
En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.
Reflexión
El evangelio de este domingo nos coloca ante una de las preguntas más importantes que Jesús puede hacernos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». La pregunta no es simplemente qué hemos aprendido sobre Él, ni cuál es la definición correcta que podemos dar de Jesús. La pregunta es quién es Jesús para nosotros. Pedro responde con una confesión extraordinaria: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Ha pasado de repetir lo que otros dicen de Jesús a pronunciar una palabra propia de fe. También nosotros podemos saber muchas cosas sobre Cristo, conocer el Evangelio, participar en la Iglesia y ser capaces de explicar nuestra fe. Pero llega un momento en que todo ese conocimiento debe transformarse en una respuesta personal: ¿quién es Jesús realmente en mi vida? ¿Qué lugar ocupa en mis decisiones, en mis prioridades y en mi manera de relacionarme con los demás?
Jesús reconoce que Pedro no ha llegado a esa respuesta solamente por sus capacidades: «No te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre». Y esto es clave: La fe es un don. Pedro ha convivido con Jesús, lo ha escuchado y ha visto sus obras, pero es Dios quien le permite reconocer lo que sus ojos todavía no alcanzan a comprender plenamente. Y aquí aparece algo importante: creer no consiste solamente en aceptar una serie de verdades sobre Jesús. Podemos conocer el contenido de la fe y, sin embargo, mantener nuestra vida al margen de aquello que creemos. ¿Hay alguna diferencia entre lo que decimos creer y la manera concreta en que estamos viviendo? La verdadera confesión comienza en los labios, pero sólo se hace plena cuando alcanza las decisiones, las relaciones, las prioridades y la manera concreta de vivir.
De hecho, el mismo Pedro nos muestra que confesar correctamente a Jesús no significa haber comprendido todavía todo lo que implica seguirlo. Inmediatamente después de este pasaje, cuando Jesús anuncia su pasión y su cruz, Pedro se escandaliza y pretende apartarlo de ese camino. Ha dicho correctamente «Tú eres el Mesías», pero todavía tiene que aprender qué clase de Mesías es Jesús. También nosotros podemos tener una imagen correcta de Cristo y, al mismo tiempo, querer un Cristo que se adapte a nuestros proyectos: un Cristo que nos dé seguridad, pero no nos pida conversión; que nos acompañe, pero no cuestione nuestras opciones. ¿Estoy dispuesto a aceptar al Cristo real del Evangelio, incluso cuando su camino no coincide con el mío?
Por eso resulta significativo que, después de la confesión de Pedro, Jesús le diga: «Tú eres Pedro». Pedro descubre su propia identidad al reconocer primero la identidad de Cristo. También nosotros vamos descubriendo quiénes somos cuando comprendemos para quién vivimos. La Iglesia misma sólo puede entenderse desde esta confesión: no es una comunidad centrada en sí misma, sino la comunidad que proclama que Jesús es el Cristo y que quiere organizar toda su existencia alrededor de Él. La misión de Pedro y de la Iglesia no consiste en ejercer un poder propio, sino en custodiar y hacer visible esta confesión mediante una vida que corresponda a lo que proclama. ¿Nuestra comunidad cristiana está haciendo visible a Cristo con su manera de vivir, o simplemente está hablando de Él?
Hoy, por tanto, la pregunta de Jesús sigue resonando: «¿Quién decís que soy yo?». Podemos responderla con palabras, pero el Evangelio nos invita a ir más lejos. Que nuestra vida pueda convertirse en una verdadera confesión de fe. Que nuestras decisiones digan que Cristo es realmente nuestro Señor; que nuestra manera de tratar a los demás diga que creemos en Él; que nuestras renuncias, nuestro servicio y nuestra esperanza manifiesten que hemos puesto nuestra confianza en el Hijo del Dios vivo. Porque la fe no alcanza su plenitud cuando sabemos decir quién es Jesús, sino cuando nuestra vida empieza a decir, con hechos, que Jesús es verdaderamente el Cristo para nosotros.
Oración:
Señor Jesús, Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Haz que no nos conformemos con conocerte de palabra, sino que aprendamos a seguirte con toda nuestra vida. Amén.


