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El templo de nuestra vida.

Fray Diego Rojas / 0 comentarios / Comentario al Evangelio
3er domingo cuaresma 2026

3er Domingo Cuaresma. El templo de nuestra vida.

Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.

Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».

Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

La mujer le dice:
«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».

Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».

Él le dice:
«Anda, llama a tu marido y vuelve».

La mujer le contesta:
«No tengo marido».

Jesús le dice:
«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».

La mujer le dice:
«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».

Jesús le dice:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».

La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».

Jesús le dice:
«Soy yo, el que habla contigo».

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».

La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».

Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían:
«Maestro, come».

Él les dijo:
«Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».

Los discípulos comentaban entre ellos:
«¿Le habrá traído alguien de comer?».

Jesús les dice:
«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.

¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.

Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».

Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Reflexión:

En el Tercer Domingo de Cuaresma, la liturgia de la palabra nos presenta el encuentro de Jesús de Nazaret con la Mujer samaritana. El relato comienza con un detalle profundamente revelador: Jesús toma la iniciativa. No es la mujer quien busca a Dios; es Dios quien la espera junto al pozo. En medio de su vida cotidiana, marcada por el cansancio y la rutina, ella se encuentra con alguien que la estaba esperando desde antes. Así también ocurre con nosotros: antes de que pensemos en Dios, Él ya nos está buscando.

En un primer momento, la mujer ve en Jesús solamente a un judío que le pide agua. Después lo llama Señor, y más adelante reconoce que es un profeta. Poco a poco su mirada se va abriendo hasta preguntarse si no será el Mesías esperado. Finalmente, los samaritanos llegan a confesarlo como el Salvador del mundo. Esta revelación progresiva nos recuerda que la fe suele crecer paso a paso. Dios se deja descubrir gradualmente en la vida de quien se abre al diálogo con Él.

Despues, en medio de la conversación, aparece una cuestión religiosa importante: ¿dónde hay que adorar a Dios?, ¿en el Monte Garizim o en el Templo de Jerusalén? Jesús responde con palabras que cambian la perspectiva: llega la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. La relación con Dios ya no depende de un lugar sagrado, sino de un corazón abierto a su Espíritu. El verdadero templo donde Dios quiere habitar es la vida del creyente.

En el camino cuaresmal este mensaje es particularmente fuerte. La Cuaresma nos invita a volver a lo esencial de la fe. No basta con cumplir ritos o acudir a un lugar sagrado si el corazón permanece cerrado. Dios busca una adoración que brote del interior, una relación viva que transforme nuestra manera de pensar, de amar y de vivir. El rito y el templo ayudan a disponernos a acoger lo sagrado, pero es nuestra dispoción de corazón lo que hace que lo sagrado transforme nuestras vidas.

Finalmente, la mujer que llegó al pozo con su cántaro se convierte en mensajera de la buena noticia. Quien se ha encontrado con Cristo no puede guardar ese descubrimiento solo para sí. En este tiempo de Cuaresma, el evangelio nos recuerda que Dios ya nos está esperando en el pozo de nuestra vida cotidiana. Si aceptamos dialogar con Él, descubriremos que nuestra sed más profunda solo puede saciarse con el agua viva que Cristo ofrece.

 

Oración:

Señor, concédenos en esta Cuaresma conocerte un poco más, reconocerte en los pozos a donde buscamos sentido y Verdad. Danos Tambien valor para ser mensajeros de la buena noticia, dar testimonio de que nos hemos encontrado contigo. Amén.                   

Fray Diego Rojas Fray Diego Rojas

Comunidad de frailes dominicos de Caleruega

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