De su plenitud recibimos la gracia
Fray Diego Rojas / 6 comentarios / Comentario al Evangelio
2do Domingo de Navidad. De su plenitud recibimos la gracia
Juan 1, 1-18
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
Reflexión:
Hoy el Evangelio nos presenta a Cristo como la luz verdadera que viene al mundo, una luz que no es simplemente claridad intelectual ni consuelo pasajero, sino vida que brota de Dios mismo. Esta luz resplandece en medio de las tinieblas de la historia humana producidas por la ruptura relacional con Dios, es decir, el pecado que ha sumido al ser humano en confusión, sufrimiento y muerte. Las tinieblas no pueden apagarla, pero sí pueden cerrarse a ella. El prólogo de Juan nos sitúa ante una verdad decisiva: no basta con que la luz brille; es necesario acogerla para que transforme la existencia.
El drama del Evangelio aparece con fuerza cuando se nos dice que “vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”. Dios no se impone, se ofrece. La luz no violenta, interpela con humildad. Rechazarla no es solo un hecho del pasado, sino una posibilidad siempre presente cuando preferimos la comodidad de nuestras sombras a la verdad que libera. Acoger la luz de Cristo implica dejarnos mirar por Él, permitir que ilumine nuestras heridas, nuestras resistencias y nuestras falsas seguridades.
Pero el Evangelio no se detiene en el rechazo, sino que proclama una promesa llena de esperanza: “a los que lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios”. Acoger la luz es entrar en una relación nueva, nacer de Dios, vivir desde una identidad que no depende del éxito, del mérito o del reconocimiento humano. La fe abre el corazón a una vida transformada, donde la luz de Cristo no solo orienta el camino, sino que nos hace partícipes de la vida misma de Dios.
En este contexto resuena con fuerza la afirmación: “pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia”. La revelación en Cristo no es un don puntual, sino una plenitud que se desborda constantemente. Dios no se limita a conceder una gracia inicial, sino que sostiene al creyente con una fidelidad inagotable: gracia que precede, gracia que acompaña, gracia que renueva. Incluso en medio de la fragilidad y la oscuridad, la fuente permanece abierta. Vivir en Cristo es aprender a recibir, una y otra vez, el don gratuito de su amor.
Todo esto alcanza su culmen en la afirmación central del prólogo: “el Verbo se hizo carne”. En Jesucristo, Dios se revela de manera definitiva, no a través de conceptos abstractos, sino en una vida humana concreta, cercana y vulnerable. Él es la gracia hecha presencia, la luz que habita entre nosotros, el rostro visible del Padre invisible. Quien acoge a Cristo, acoge la revelación plena de Dios; quien camina en su luz, descubre que la gracia ha vencido definitivamente a las tinieblas y que la vida, en Él, ha alcanzado su plenitud.
Oración
Señor Jesús, Luz verdadera que vienes de Dios, abre nuestro corazón para acogerte sin temor. Que tu gracia nos envuelva cada día, nos saque de nuestras tinieblas y nos haga vivir como hijos de la luz. Amén.


